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Un acto puramente trivial

Publicación:  lunes 30 noviembre 2020   |  Escuchar Audio  Escuchar Audio |  Enviar a un amigo Enviar a un amigo



—¿No habéis leído que el que los hizo al principio, “hombre y mujer los hizo”, y dijo: “Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó no lo separe el hombre. Mateo 19:4-6


Reflexión

En la América española de la primera mitad del siglo diecinueve, «el matrimonio era un acto puramente trivial —comenta el coronel del Estado Mayor de Bolívar—. Bastaba que en presencia del sacerdote los futuros desposados declarasen que deseaban estar unidos; recibían una bendición y la cosa estaba terminada. Se casaban en cualquier parte: en la calle, en un baile.»

Así representa en sus Memorias Juan Bautista Boussingault la actitud que prevalecía en la sociedad de Lima en particular y en la de la Gran Colombia en general, frente a la institución del matrimonio. Parece haber influido en ella la embriaguez y la soberbia que suelen permear el ambiente luego del soplo glorioso de una victoria tan importante como la de la Batalla de Ayacucho.

¿Quién hubiera pensado que las exigencias morales de aquella sociedad «liberada» tenían la manga tan ancha como las de la sociedad moderna? Las diferencias entre las dos se limitan a aplicaciones específicas que no son fundamentales, como la tendencia actual a reemplazar en los votos matrimoniales la cláusula tradicional «hasta que la muerte nos separe» con «hasta que ya no sintamos amor el uno por el otro». La verdad es que da lo mismo que se trivialice la ceremonia de bodas en sí o que se le reste importancia a los votos. La sociedad de entonces cambió la forma, mientras que la de ahora la fórmula, obteniendo al fin y al cabo, el mismo resultado. Así que en vez de lamentarnos de que las cosas van de mal en peor, debiéramos reconocer lo atinado que es el refrán que dice: «No hay nada nuevo bajo el sol.»

Mis queridos hermanos y amigos, de lo que sí debiéramos lamentarnos es que mientras la humanidad avanza en el conocimiento, se queda estancada en la moral. Pero eso no debiera sorprendernos, pues se debe a una cuestión que sí es fundamental: Todos hemos heredado de nuestros primeros padres una naturaleza pecaminosa que procura satisfacer sus propios deseos egoístas. Esa naturaleza impide que disfrutemos de los más exquisitos deleites que Dios nos ha preparado. Nos hace pensar que el matrimonio que Él instituyó tiene el propósito de someternos a los deseos de otra persona. Y esto porque no comprende que Dios diseñó la relación conyugal con el fin de que tuviéramos con quien compartir el incomparable placer de la intimidad física, emotiva y espiritual.
¿Por qué no contribuimos a levantar la moral de nuestra sociedad? En lugar de reducir el matrimonio a un acto trivial, o a permitir que los jóvenes convivan sin casarse, hagamos nuevos votos en un lugar solemne en presencia de Dios y teniendo como testigos a familiares y amigos que genuinamente desean nuestro bien. Esta comunidad que nos ama y ese Dios que nos une, mantendrán el matrimonio entre verdaderos creyentes en una senda de justicia y de amor mutuo. Ese, mis queridos hermanos y amigos, es el matrimonio bíblico, es ese uno que Dios unió y que no hay ser humano que lo pueda separar.

Que Dios te bendiga